reconoce sus orígenes

¡No nos crean todo, por favor!

Menos cuando hablemos del modelo de universidad que el país necesita

Luis E. Bacigalupo

El Ojo de Timón

Publicado: 2013-07-02

Está asentada en la discusión sobre la ley universitaria la idea que una universidad debe crear conocimiento, debe discutirlo críticamente y debe difundirlo con la mejor calidad posible. Hoy es difícil encontrar a alguien que no admita que ese conocimiento debe ser útil en términos de mercado, que debe contribuir a las necesidades nacionales de desarrollo y que, sin duda alguna, debe estar entroncado con las múltiples facetas de la ciencia y la tecnología.

Sin embargo, ciertos profesores universitarios desconfían de la insistencia en la utilidad del conocimiento porque creen que puede ser avasallante. ¿Avasallante de qué? De algunas áreas de conocimiento que hoy no parecen muy útiles y que resultan ser, precisamente, las que ellos cultivan. Por lo general, los miembros de esa especie somos llamados humanistas. Entre otros estribillos, más o menos difundidos, los humanistas solemos repetir que si la universidad solo diera cabida al conocimiento utilitario, estrecharía los horizontes de las personas que educa.

Hasta ahí, eso suena bastante bien, porque se presenta además como una diatriba contra los abusos del sistema universitario peruano, donde hay efectivamente muchos casos que tendrían que corregirse. Pero, si se mira con cuidado, esos abusos tienen poco que ver con la utilidad del conocimiento. Detrás de la posición contraria al supuesto imperio de la utilidad suele alojarse un prejuicio igualmente abusivo, que por desgracia veo con demasiada frecuencia en algunos colegas. De ese prejuicio quisiera distanciarme, en esta ocasión y por este canal.

Muchos humanistas exageran cuando creen que solo sus disciplinas pueden brindar competencias vinculadas con el pensamiento crítico; y se ponen más arrogantes que de costumbre cuando asumen que solo a través de sus disciplinas se pueden formar las personas en el cultivo de las virtudes ciudadanas y éticas. Para ellos, a las demás formas de conocimiento –peor aún, a los profesores que no tuvieron una formación humanística–, les sería imposible enseñar qué es el bien, qué la justicia, qué la solidaridad.

Y no falta quien crea, además, en el colmo de la pedantería, que esas virtudes no se pueden promover de ninguna manera en una institución educativa basada en el lucro, como si el lucro fuera algo así como una infección endémica que ataca a todo aquel que habita el mismo lugar. Desde esa óptica, toda universidad diferente al modelo no lucrativo estaría indefectiblemente condenada a perder calidad, a ofrecer a sus estudiantes una visión estrecha de la realidad y a sumirlos en una atmósfera carente de ética.

Bajo la influencia de esa prédica, frente a la que somos muy poco críticos, ¿qué solemos asumir como nuestra principal preocupación los humanistas? Para nuestra vergüenza, asumimos que, ausentes las Humanidades, se instauraría una lógica de la vida basada exclusivamente en el costo–beneficio, la competencia y el individualismo, y que, debido a ese defecto, se dejaría de lado la cooperación, la solidaridad y el sentido de la comunidad.

Pero, por favor, no nos crean. Como se ve en el uso que hace de ese mismo argumento el clero más reaccionario, tiene apenas la firmeza de un trapo viejo. También para los talibanes, los ateos no pueden llevar una vida ética porque carecen de la verdadera educación espiritual. Argumentos de ese índole no valen ni lo que técnicamente se denomina un comino. En el caso concreto de los humanistas, el argumento se cae, además, porque obvia las dos siguientes evidencias.

Evidencia A: La mayoría de los humanistas somos individualistas en extremo. Algunos son campeones imbatibles del cálculo utilitario y la lógica de costo-beneficio. Yo podría exhibir pruebas contundentes sobre competencia sin cuartel, amarres florentinos y férreas argollas, sin tener que salir de mi idílico espacio laboral. Lo más grave de esta evidencia es que todos los profesores formamos personas a nuestra imagen y semejanza, de modo que el patrón tiende a repetirse en los estudiantes menos críticos.

Evidencia B: La lógica costo-beneficio, el individualismo y sobre todo la competencia sin escrúpulos, no funcionan solamente en el mercado de bienes tangibles. También se ven estimuladas, y tal vez mucho más, en el mercado de los intangibles académicos, donde está claro para cualquier observador perspicaz que el ejercicio del poder y los títulos honoríficos valen para algunos humanistas su propio peso en oro.

En vista de tales evidencias, sería razonable concluir que no conviene prestar demasiada atención a quienes no practican lo que predican. No conviene tomar demasiado en serio a quienes reclaman en el discurso un proyecto común que minan en su práctica cotidiana.Por lo que he visto en más de tres décadas de experiencia universitaria, no parece ser verdad que el estudio de las Humanidades garantice una vida virtuosa a nadie; menos aún que la fomente, toda vez que el fomento de la virtud se realiza principalmente con el ejemplo; y me sobran los dedos de la mano para destacar modelos de vida en el mundillo académico.

Entonces, si no somos angelitos, ¿qué propongo? Nada solemne. Solo un punto de partida menos auto-complaciente que el habitual y mucho más auto-crítico de parte de los humanistas. Sugeriría para ello dos cosas:

(1) Que se discuta el papel que deben cumplir la enseñanza de la Literatura, de la Historia y de la Filosofía, sobre todo en la formación secundaria, y en los primeros años de la vida universitaria. También hay buenos argumentos a favor de su enseñanza. Estoy convencido de que esos conocimientos no carecen de utilidad, aunque tengan muy poco que ver con la formación de la personalidad ética. Si se me permite esta variación, quod familia non dat, quod schola non dat, Salmantica non praestat.

(2) Luego de considerar eso con seriedad (pero sin rimbombancias como la mía, de ponerlo en latín), cada modelo de universidad, sea pública, privada, con o sin fines de lucro, debería considerar la conveniencia de ofrecer las Humanidades como parte de su formación integral, e incluso también, si los números cuadran, como carreras universitarias.

A mis colegas les dejo una última pregunta, para variar pomposamente retórica. ¿No carecería de la más elemental elegancia transmutar, en beneficio del modelo preferido, el extra ecclesiam nulla salus, que tanto hemos criticado en otros terrenos, en un extra universitatem meam nulla virtus? ¿Para qué les digo más?



Escrito por

Luis Eduardo Bacigalupo

Anti-filósofo, profesor de filosofía dedicado al estudio de la religión, creyente escéptico, malleus maleficorum... etc.


Publicado en

El Ojo de Timón

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